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Piñata
Por Chuck Esquivel
Ya era tarde cuando me arrepentí de haber tocado el timbre de la puerta, escuché el típico grito de “¿quién es?” y mi maldita educación me hizo responder a pesar de que segundos antes de eso intenté echarme a correr, soltar la carrera hacía la esquina más cercana pero no fue así, sólo di un par de pasos hacía atrás, levanté la vista hacía lo que posiblemente era su cuarto y vi que Ella venía bajando las escaleras, lista a abrirme y darme entrada a su casa. En ese momento había jodido mi tarde, quizá desde que pensé que sería buena idea ir a aquella reunión, ver los rostros surgidos de un pasado no tan lejano, escuchar el estúpido modo de hablar de aquellos con los cuales no simpaticé del todo, conversar con quienes jamás había conversado – y entiéndase conversación como el acto inteligente de intercambiar palabras – en momento alguno. Mis quietas y calladas tardes fueron perturbadas ese día, fue aun peor el darme cuenta que iba con mi disfraz de hipócrita impregnado de mi loción barata. Ya no había forma de sacar el pie que estaba adentro de la casa y mucho menos de utilizar algún viejo pretexto para salir huyendo de ahí, los demás desde la sala gritaban mi nombre, por un momento pensé que iba a ser algo interesante pues jamás había tenido tal ovación, todos sudaban y vociferan hipocresía a chorros.
Ya estando ahí, tomé asiento en el lugar más cómodo y le eché una mirada a cada uno de ellos, había dado el respectivo beso de Judas a cada uno mientras mi mente se comportaba honesta y sincera « ¿Qué haces tu aquí? Si nunca le has agradado a nadie y mucho menos a ella, tengo que saber cómo es que llegaste hasta acá porque no creo que alguien de los presentes te haya invitado, mucho menos sé como es que fui a caer aquí también» “¡Hola, qué gusto verte!” «Aun no te mueres porque Dios no es idiota» Surrealismo en su máxima expresión, mascaras por todos lados, ni una pizca de franqueza en la sala, estoy seguro que ni el blando sofá ni las blancas paredes lo eran, talvez el único que me recibió como debió ser fue aquel gato que reposaba sobre una mesita de cristal, el cual no mostró ningún interés en mi caricia y sólo movió su cabeza haciendo un gesto de esfúmate, piérdete, desaparece y tenía razón el animal, me quiera desvanecer de cualquier forma de ahí.
Platicaban del presente, del pasado y del futuro; aunque no tuvieran ni puta idea de que es el futuro y mucho menos entendían el presente. De las aventuras y nuevas amistades echas, de instantes graciosos que sólo lo eran para quien lo contaba, risas estúpidas y forzadas por mero compromiso. Hablar de los hijos de perra en secundaria, de lo patanes o pendejos que fuimos cada uno nosotros mientras compartíamos el mismo espacio y mismo aire, aire puro sin rastro de alguna estela de humo de tabaco, la plática iba bien pero faltaba el elemento que sellara el agradable ambiente que se iba gestando lentamente. Todo lo verdaderamente significativo tuvo una duración de quince o veinte minutos cuando Ella tuvo la grandiosa idea de poner música del radio, un ventilador sónico que arrojaba mierda a 92.1 mega Hertz de potencia, salpicando a todos y Ella con su sonrisita infantil mientras ajustaba el aparato, cerré los ojos y apreté los labios para que no entrara la mierda, aunque esta entraba por los oídos y no había forma de detenerla. Había que soportar un rato más, sabía perfectamente que la fiesta no duraría mucho aun así el tiempo iba despacio y la constante repetición de las anécdotas hacían que perdiera la cordura mas rápido, mi hipocresía ya era un harapo enorme de vagabundo, lleno de parches con leyendas como cállate, muérete, déjame en paz, eras una mierda, aléjate de mi, fuck you. En ese entonces, debo aclarar, no había bebido gota alguna de alcohol pero mi indiferencia me bastaba para embriagarme de tan lindos pensamientos. Y ese era el problema, no había alcohol que animará el sepelio que habían organizado en época prenavideña de aquel año, el refresco sabor toronja ya había hartado mis papilas, pedían a gritos bebidas de hombres sabios, de humanos racionales , mi deseo se cumpliría y a la vez se iría al carajo, la madre de Ella sacó una botella de tequila, nos dijo claramente que sólo nos daría un poco nada de emborracharse, una vez mas yo y mis pensamientos, carcajadas y carcajadas dentro de mi «ha, ha, nadie pierde la razón con esa mierda que nos va a dar, pero no importa échele y no sea culo» “así esta bien, muchas gracias, que amable” «Dios haz el milagro de hacer vino mi saliva para poder aguantar el tiempo que falta por estar aquí.». Aquel tequila con refresco de toronja me duró un buen rato, no quería que terminará, santo grial en mis manos y los demás hablando de las banalidades de su vida, mínimo hubiera esperado de ellos una respuesta a aquella acción de represión pues la reunión no tenía color ni forma, insipidez absoluta, en ese caso habría caído bien una pequeña aportación voluntaria (obligatoria) monetaria para ir por un par de cervezas y frituras, comprar un disco compacto pirata de los Deftones o cualquier cosa mejor que la Alfa, llegar y sacar una baraja o un dominó, hacer del ambiente mas sano, cada uno con sus cartas y un cigarrillo atrapado entre los labios, mandar al carajo al gato de la mesa para poder lanzar las apuestas al centro, escupir a los lados, maldecir al de enfrente, “¡hey! Jódanse queridos amigos pues tengo un full de reinas”.
La fiesta en mi imaginación iba de maravilla pero se vio atormentada cuando me percaté de la presencia de un individuo que era ejemplo absoluto de lo que llaman un cero a la izquierda, un tipo que había escuchado la charla completa, su expresión facial no me preocupo mucho pues estaba seguro que no comprendía nada en absoluto. Por un momento pensé hacerlo mi amigo, pero sabía quien era el individuo, un tipo igual o más aburrido que Ella, superficial, lerdo, torpe al hablar y lleno de vello facial, sin embargo era el único quien llevaba cigarros. La fiesta no podía ya estar más jodida, anhelé que sucediera una balacera en la calle, un temblor o una tormenta, nada de eso pasaría. Miré el reloj, los segundos se hacían minutos, los minutos eran horas y seguía mal la cosa. Ya la noche iba envolviendo el pequeño jardín que daba a la sala, Ella se desapareció unos segundos y se hizo el silencio, glorioso silencio que murió a su regreso, entre manos traía unos álbumes de fotografías, recuerdos de Ella, detalle que inmediatamente me pareció absurdo pero que a los demás les hizo gracia y causo emoción. Me tragaba la tierra para ese entonces, no estaba para nada interesado en ver las fotos ni en saber en que escuela primaria había Ella estudiado y mucho menos con quien de los presentes, ya todos me eran iguales, seres sin rostro y sin esencia, yo lo único que pedía era escuchar algo de buena música y un buen trago, sin embargo mi hipocresía actuó de buena fe y tomó un álbum y le echó un vistazo rápidamente, como si fuera una revista de esas que se ven al revés para ver si tienen algo que capte la atención. Nada interesante. Los demás opinaban, recordaban, reían y preguntaban, y fue lo único que se me ocurrió hacerle a Ella, una pregunta “¿en dónde estabas aquí?” a lo que ella respondió “fue un viaje que hice a Canadá, he, he, ahí me di cuenta que mi inglés era muy malo, no podía pedir ni siquiera bien un sándwich”. Vaya respuesta, tal vez mi pregunta la había formulado mal, pues lo que me interesaba saber era de que carajo lugar o monumento arquitectónico era el portón que parecía haber sido tallado en madera de roble, el cual tenía una altura de casi 3 metros con un tallado que parecía ser una mezcla del gótico y el arte neoclásica, o eso creía. Al final supe que es mejor pedir un sándwich en español que inglés si se está en Canadá por alguna extraña razón. Así las fotos iban y venían, talvez fue en ese momento cuando Ella se percató de mi poco interés sobre su vida retratada en papel mate y mencionó que había preparado una piñata para que saliéramos a romperla no sin antes hacer todo el protocolo de una posada, si había pensado que esa reunión ya no podía salir peor, estaba muy equivocado aun faltaba más. A pesar de la tonta idea de hacer el ritual de la posada me alegro un poco la idea de destruir algo, aquel burrito de engrudo y papel maché se perfilaba para ser el objeto en el cual descargaría toda aquella energía que se reprimía en la patética reunión, ya estaba decidido a quedarme con los dulces y usar la cabeza de aquel pequeño objeto del arte pagano para acumular mis acarameladas riquezas. Fue hasta ese entonces que sentía haber tenido mi recompensa tras haber soportado tanto, ya estaba listo para asesinar al animal de cartón, pero para mi desgraciada suerte la idea les pareció infantil a los demás quienes se sentían ya grandes como para andar rompiendo piñatas y después lanzarse al suelo por los dulces, traté de motivar a algunos, sólo tuve éxito con uno mientras que los demás estaban contentos todavía con la mierda que salía del radio y con los álbumes de fotografías.
Por mi cuenta sólo me quedó esperar el momento final, la hora de partir, eran casi las 9 de la noche, estaba sobrio y con frío, disgustado, con hambre, con la pregunta en la cabeza de por qué coños había decido ir a la reunión de Ella, con quien sólo había charlado dos veces en los tres años que compartimos un aula de clases. Ahí estaba ya despidiéndome, tomándome un par de fotografías para que no quedara duda de que ahí por un largo instante se echo a perder una parte de mi vida. Quería llegar a mi casa lo mas pronto posible, cenar pan y leche, pero aquel burrito de papel, de ojos opacos vio como nos alejábamos, su mirada alegre se tornó triste, no tuvo la oportunidad de que le asestara la más grande paliza de todas, una que las demás piñatas envidiarían, pero sólo fue una piñata fracasada así como yo me salí de aquel lugar después de haber tocado ese timbre.